– En general, ¿usted la pasa bien o mal?
– La paso bien. Voy aprendiendo. Me estoy dando cuenta de que los momentos de dolor o de tristeza, por ahora, los puedo sobrellevar. Siempre uno tiene la pregunta: ¿y cuando pase tal cosa?
– ¿Cuál sería esa “cosa”?
– (Hace el listado sin cambiar de tono) Una pérdida, una muerte, una separación.
– Le cuesta hablar de usted, no de su trabajo.
– Sí. Porque trato de hacerlo desde un lugar moderado.
– ¡Relájese, Peterson! Es una entrevista a una protagonista.
– Sentía que había aprendido mucho en todo este camino y que no lo había podido poner en algún lugar. Cuando empecé a trabajar en Pol-ka ocurrió algo bueno: me di cuenta de que había un sistema de trabajo nuevo en la televisión: una puesta del estilo del cine, con directores de arte. No era entrar, sentarse y pararse. Y, además, el estilo de personajes que me daban me permitía trabajar cierta zona leve de lo actoral, a pesar de lo dramática que podía ser una escena determinada.
– Tenía más que ver con la comedia, con lo paródico.
– Claro, o con algo más irónico. Me refiero a sacarle al oficio de actor todo lo que tiene de melancolía. Los personajes que me daban en estas comedias televisivas me permitieron jugar y no estar pensando de dónde viene o adónde va el personaje, en una línea un poco más antigua en cuanto a la escuela. Y, además, tenía muchas ganas de actuar.
– Sus padres bancaron su carrera.
– No. Empecé a trabajar apenas terminé el colegio. La decisión de ser actriz no era aprobada. Viví en mi casa hasta los veintidós o veintitrés años, y siempre trabajé. A los dieciséis años ya había empezado con algunos trabajos. Mis clases las pagaba siempre yo, porque era algo que a mí me gustaba; y, además, tampoco sabía que iba a ser actriz realmente, y que iba a vivir de esto. Cuando tenés dieciocho años no sabés qué va a pasar después.
– Qué raro que no haya empezado una carrera universitaria.
– Empecé varias (se ríe). Estudié dirección de arte en la Escuela de Creativos Publicitarios, pero, aunque me gustaba, no me recibí porque era publicidad, y no era lo que más me llamaba la atención. Después estudié turismo, sólo por obedecer a mis padres. Después entré en derecho, de la UBA, ya como última tentativa. Porque, por momentos, me exigían esas cosas en casa.
– ¿De qué origen es tu apellido?
– La familia de mi papá es argentina, de origen sueco. Mi mamá nació en el sur de Italia y vino acá a los doce años. María Rosa Russo. Mi mamá, sí, es un gran ejemplo para mí, porque vino al país a los doce años. Era una chica a la que pusieron en un colegio con compañeritas argentinas, y aprendió el idioma acá, viniendo ella de un lugar de campo.
– Cuando trabaja, cuando se viste, cuando circula, ¿el juicio, la mirada, de quién le importa?
– (Lo piensa mucho.) Me gusta mi juicio. También, el de mis amigos, el de mi familia.
– Nómbreme a alguien.
– Puede ser el de mi madre o el de mi padre, y hasta el de mi hermana. Me gusta escucharlos, pero sin dejarme llevar por la opinión de ellos: para nada. Lo tomo como una opinión.
– Ahora, hay más opiniones circulando sobre su persona.
– Sí, eso es verdad. Una vez, un productor me dijo (imita una voz que denota desprecio): “Vos sos un personaje que pasa, como en un cuento de García Márquez”. Me da risa. Es verdad que hubo un momento en que empecé a ser notada. Pero también venía haciendo teatro independiente, y venían setenta personas. Ahora bien, yo también comencé a hacer cosas como para que eso se notara.
– ¿Por ejemplo?
– Aprovechar mi presencia en televisión, producir algún espectáculo con alguna amiga, etcétera. Empecé a armarme un grupo de actores, en el sentido de buscar gente que a mí me ayudara, y me diera también una identidad dentro del grupo de los actores. Uno se empieza a juntar, porque se contagia actuando.
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